DE MADRID AL CIELO… Por Fermín González.

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Según tengo entendido, siempre que arranca la temporada de Las Ventas, el aficionado más curtido de la plaza madrileña espera entre deseoso y desconfiado la cartelera: Siempre existe la suspicacia del por qué faltan o sobran toreros, algo que se sucede cada año en todas las ferias de la Iberia taurina, más aún ante el largo ciclo isidril que pronto va a comenzar.

Mucho se ha escrito, y más se escribirá, sobre el público de los toros y siempre se hizo y se hace el mismo descubrimiento de que el público de hoy es muy distinto al de otros tiempos… Y sobre tan ligera afirmación, hablando del público madrileño, se fundamenta un razonamiento por el que se le acusa de preferencias por unos diestros, mientras aparta a otros sin causas justificadas, o bien porque se han cansado de verlos feria tras feria, muchos de ellos repetidas figuras, que lo exigen todo, cobran una millonada y, sin embargo, torean poco como mandan los cánones, o muy parecido… Y como el público tiene un sentido reverencial de tanto “millón” y los toreros empiezan a ser avaros de su valor y decisión, los públicos empiezan a exigir por instinto de tasación, de que los méritos y justificación han de ser proporcionales a lo que cobran. Y, además, el aficionado venteño no les permite que su arrogancia cuestione la plaza. Sin embargo, lo que todos esperamos de Madrid es que vuelva a sus cauces lógicos y a poner el listón allí donde debe estar.                                                                                                     

En todas las entrevistas efectuadas a toreros en prensa, o en otro medio de comunicación, se alude a Madrid como punto culminante de su carrera taurina, y más aún cuando tratan de abrirse camino en el zozobrante y duro camino de la Tauromaquia. Parece ser que ir a Madrid es el sueño más deseado, que allí rompa un toro, produciéndose la eclosión necesaria y un talón en blanco para que el resto de las plazas abran sus puertas sin siquiera tocar la aldaba de las mismas (puede ocurrir, tal como ocurrió no pocas veces) y catapultar a un torero válido, de buenas hechuras y sabiduría relevante con pocas corridas de toros transformado en figura “señera”. Pero también ocurre que Madrid exige la reválida de lo aprendido en su carrera y el talón (también ocurrió muchas veces) puede ser el de Aquiles.

Si nos remontamos en el tiempo, incluso en el actual escalafón, veremos sinsabores y grandezas en la catedral del toreo, desde arrancarse con rabia de un tirón la coleta, hasta salir a hombros en olor de multitud y rendir Madrid a su arte; de estos gestos se han vivido muchos en la plaza venteña. Pero continuando con la reflexión a la que quiero llegar es que dicha plaza también alberga muchas dudas razonables para los toreros y sus tutores, dudas que comienzan sopesando la ganadería a lidiar y si ésta ofrece ciertas garantías de éxito, el público o el abono asistente, la responsabilidad de estar a la altura, no estar bien preparado, el tiempo etcétera. Y saber, ante todo, que te pueden olvidar para siempre, cosas simples si quieren, pero que pasan por más de una frente antes de hacer el paseíllo, sin embargo, el torero necesita a Madrid. Y si quiere más, debe desplegar cuanto sabe y triunfar, y luego seguir. O le pesará.

Fuente: http://salamancartvaldia.es/not/114492/de-madrid-al-cielo/

LA HERMOSA LIMA, TAN TAURINA Y TAN PERUANA

Relato del libro MEMORIA DE ARENA

Por EL VITO

Aquel año de 1970  fui por primera vez a la feria del señor de los Milagros en Lima y tuve el privilegio de ser testigo de un gran triunfo de Curro Girón, en la vieja plaza de Acho. Girón cortó tres orejas y salió a hombros de los limeños. Lo pasearon por las calles de la virreinal ciudad hasta altas horas de la noche, y cuando llegó al hotel con el vestido de torear destrozado estábamos francamente preocupados.

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Viajamos a Lima José Malpica y Luis Pietri, aprovechando la actuación de dos venezolanos en la temporada: Rafael Ponzo y Curro Girón.
Curro era un verdadero ídolo en Lima. Daba gusto ver cómo la gente se le entregó sin reservas, desde el instante que hizo el paseíllo. Luego se entregó él, también sin reservas. Me agradó el público limeño sobremanera. Se trata de una afición que además de ser enterada es participativa, y en esta característica radica lo más importante de Lima.
La plaza de Acho es una joya de la arquitectura limeña, mezcla de soluciones españolas y respuestas propias a cuestiones de espacio, en sentido estético y funcional de la construcción.
Si va usted desde el Hotel Bolívar, hospedaje muy antiguo situado frente a la Plaza de San Martín, se cruza el famoso Jirón de la Unión, calle peatonal atiborrada de comercios a la que se penetra tras cruzar unos arcos bajo hermosos balcones que miran hacia la estatua de un José de San Martín fatigado, sobre una cabalgadura hecha polvo tras el titánico esfuerzo de cruzar la Cordillera de los Andes. Al salir del Jirón se encuentra usted con varios edificios de importancia, a medida que va caminando. Un templo color rosa limeño, donde se venera a Santa Rosa de Lima y a San Martín de Porres.
Más adelante, sólido cual piedra, el Palacio de Gobierno con un gigantesco bronce en una de sus esquinas, desafiante, lanza en ristre, el fundador de la ciudad Francisco Pizarro González. Adelante y bajo curiosos árboles llenos de traviesas avecillas, el bronce original de Simón Bolívar, cuya réplica está en la plaza mayor de Caracas. Un Bolívar triunfador, agresivo, el caraqueño que con sus destempladas aventuras ofendió hasta la eternidad a los orgullosos limeños, y dejó su imagen altanera prendida en los corazones de arrebatadas peruanas. Bolívar vive en rebeldía bajo el cielo limeño, sobre el suelo peruano, porque frente a él se guardan los instrumentos de suplicio que en la colonia fueron de la Sagrada Inquisición.
Sigo hasta un enjambre de callejuelas en la que en cada esquina hay ventorrillos de fritangas, con hedores que emana el aceite de anchoveta, desagradable al olfato del que no esté acostumbrado y abominable para el que lo paladeé por primera vez, como fue mi caso al intentar desayunar con huevos fritos en este espantoso óleo.
En mi mente, como en la de todos, los versos de las canciones que Chabuca Grande dedica a la Ciudad de los Virreyes; y por ello decepcionante cuando se llega ” al viejo puente y la Alameda”.

Reminiscencias de un ayer no lejano, que ese puente pudo serhermoso, y de una Alameda que pudo haberse prestado para la más ardiente declaración de amor.

Acho es una plaza de ruedo grande, al contrario de las plazas de México, Colombia o Venezuela, donde el reducido diámetro del redondel les da ventajas a los toros y hace de mayor movilidad el espectáculo. Rematados con arcadas los tendidos tienen aire hermoso. Españolísimo es el interior. La parte baja, exterior de los tendidos, está circundada, como si la ahorcaran unos pasillos sostenidos por arquería peculiar y única. Los numerosos corrales son muy grandes. Sobre estos, un restaurante que se llena de aficionados y de comensales los días de corrida. La comida se ameniza con guitarras y cajones, que acompañan los cantores de los tristes versos de los valses peruanos, versos que hablan de desamores y de castas sociales, de hombres humildes que quieren a hijas de ricos, indios y cholos depreciados por blancos, el negro se cruza en el vals al aparecer su golpe africano, suave y tenue, en el acompañamiento del cajón; y los mesoneros sirven raciones de humeantes anticuchos y helados pisco sour.

La plaza de Lima reúne en sus barreras hermosísimas mujeres. Muchas de ellas encargaron un traje a Londres, Nueva York, París o Roma, para cada una de las tardes de la feria del Señor de los Milagros. Es la gran fiesta anual de Lima, la temporada de toros. Además de las bellas y elegantes mujeres de barrera se siente el revuelo en el sector popular con la presencia de las peñas. Peñas de negros, peñas de cholos, peñas de españoles y peñas de aficionados. Al quinto toro la banda, bella en su sonido, interpreta La Marinera, y en los vomitorios de los tendidos surge la pareja, ella y él unidos por pañuelo de fina batista que toma cada cual con preconcebida delicadeza por las puntas.

El Perú está presente, dentro de la plaza con los aires de La Marinera, en los tendidos en la variedad de las razas que forman al pueblo peruano, antes de las corridas con sus chalanes que con riendas de sedas con colores de la bandera peruana, pisan la arena de Acho con el conocido “paso peruano”.

Bonita experiencia la limeña, que repetiría luego en el tiempo gracias a la hospitalidad de apreciados amigos y grandes aficionados peruanos.

¡LA BRAVURA POR DELANTE ¡

CARLOS CASTAÑEDA GÓMEZ DEL CAMPO

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A lo largo de estas líneas hemos leído crónicas que abarcan más de cien años y en ellas podemos distinguir claramente el cambio en la apreciación de la bravura en la medida que el toreo evoluciona. Piedras Negras participa como actor principal en este cambio vivo y continuado, descrito en las crónicas de las corridas en las que se lidiaron toros criados por los González en la capital de la república.

Comenzamos con la fiesta donde en la suerte de varas se le exigía al toro la acometividad suficiente para acudir al cite ocho o diez veces, en las cuales recibía infinidad de lanzazos sin recargar en ninguno de ellos. Se apreciaba la boyantía del toro para ir una y otra vez a los montados, cuya mayor habilidad tenía que ser la de ser buen jinete y saber apretar el brazo para defender a la cabalgadura, no siempre con éxito. El tercio de varas tenía una duración desproporcionada respecto al total de la lidia de un toro. Imaginemos el tiempo que se tardaban en llevar al caballo al burel, sacarlo, hacerle un quite o dos en algunas ocasiones, volverlo a poner y así hasta diez veces en algunos casos. Pero siempre al menos tres. Con la cantidad de caballos que morían, se requería ir a los patios a montarse en otro jamelgo y volver a salir. La mayor parte de la lidia del toro se concentraba en este tercio. A continuación el tercio de banderillas en el cual casi todos los toreros eran hábiles y artísticos exponentes y ante quienes el toro tenía que seguir acometiendo. La faena de muleta era exclusivamente un momento para parar el toro y poder volcarse sobre de él. Del torero, destreza, valor e inteligencia; del toro pujanza y fiereza eran las cualidades más apreciadas. En nuestro país en el toro aparecían poco estas cualidades. Los criadores, todos, buscaron en su piaras de ganado criollo aquellas reses que mostraran algún intento por atacar, pero al tiempo se dieron cuenta que esto no iba a ser suficiente. Que la bravura, no importando la época en la que nos situemos, no es una condición natural. El instinto de ataque o la capacidad de defensa de cualquier animal dura hasta que se ve avasallado por su contrincante y el resultado final, al que se llega muy pronto, es la huida.

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Había que buscar y encontrar el elemento que evitara la fuga del animal de la pelea que se le planteaba para lograr mantener la emoción a lo largo del espectáculo. Y esto se hacía cada vez más necesario en la medida, que de acuerdo a la evolución de las distintas tauromaquias,   se dejaban de usar los pies y el burlar el toro, para ahora usar los brazos, para parar y templar la embestida.

Piedras Negras, en su primera etapa incorpora toros españoles a la ganadería con el afán de buscar el poder y la constancia que da la casta. Y lo logra casi de inmediato en un entorno donde la mansedumbre abundaba. Sin embargo lo importante de este paso, para Piedras Negras, fue el fijar un concepto propio: el toro tenía que ser bravo al caballo, parte central del espectáculo en la plaza. Y José María lo inicia y lo logra en los primeros veinte años de cruza con ganado español. Como vimos tomó mucho tiempo, pero logro fijar esta condición. La bravura en los toros de la divisa de los González fue reconocida de inmediato por la crítica y los matadores, por lo que la ganadería en esos años iniciales es sin duda la primera en el país.

El cambio en el la ganadería nacional no se detiene y la influencia de los   toreros españoles entrando el siglo veinte es fundamental. “Guerrita”, que no vino a México, impone allá condiciones a los ganaderos, mismas que en mayor o menor medida se empiezan a aplicar aquí, respecto a trapío, encornadura, peso y edad. Sin embargo la adaptación inmediata de la sangre de Saltillo tanto en Zacatecas como en Tlaxcala, que si acaso pierde un poco de tamaño, permite que la búsqueda de la bravura pedida por la propia fiesta, surja con relativa velocidad.

A mediados de los veintes que es cuando se da la transformación de la lidia en nuestro país, los ganaderos mexicanos ya estaban listos para presentar el toro que el toreo necesitaba. Comenzaba la selección de un toro para faenas más largas, más duras para el propio toro, que en poco con la aparición del peto, tendría que pelear de firme durante toda la lidia, no ya tan solo acometer a los cites sin mayor entrega.

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En las ganaderías de los González, Piedras Negras mantiene el concepto de la selección con una base primordial en el comportamiento el caballo. Lubín se apega al concepto planteado por José María y aunque ya su hato tenía en cantidad suficiente la casta y calidad que desarrolla Saltillo, el no afloja el concepto de bravura. En el capítulo de la ganadería hago una reflexión respecto a que como Lubín no toreaba, quizá por eso no quiso cambiar en un ápice el concepto de la fuerza y la acometividad con el caballo, argumento que se sustenta con la clara diferencia que había con La Laguna, propiedad de su hermano Romárico en la cual tanto él, como sus hijos Viliulfo y Manuel fueron muy buenos toreros. No encuentro una razón de peso para que dos ganaderías fundadas casi con la misma sangre, pudieran tener aristas, en la expresión artística de los toros, tan distintas. No incluí crónicas de corridas de La Laguna, pero la diferencia es clara, y emana de la selección que se llevó a cabo en ambas casas. La selección desde un principio. Cuando Viliulfo queda al frente de las dos, busca y selecciona el toro que pueda romper con más nobleza en ambas casas. Con la emoción que da la casta. Con Piedras Negras también logró el toro de bravura integral. Ahí están las descripciones de los cronistas de toros que permitieron faenas históricas, que no se dan si el principal protagonista no participa de acuerdo a los cánones vigentes en cada época. Buenos toreros, que además hayan sido ganaderos exitosos hay muy pocos. José Miguel Arroyo “Joselito” en su libro autobiográfico, expresa varios conceptos muy interesantes sobre la bravura: “Mi experiencia al torear me ha servido para apreciar matices que se les suelen escapar a otros ganaderos, esos que solo sabe ver quien está delante de un animal. Aunque también tengo que decir que los toreros, por la propia tensión de la lidia, muchas veces no sabemos apreciar el conjunto de la esencia del toro. Por eso, como ya conozco lo que se siente en la línea de fuego, ahora no toreo ninguna becerra en mis tentaderos. Desde fuera calibro mejor los ingredientes que necesito para el cóctel de bravura que quiero conseguir. Mi toro ideal debe tener fijeza, es decir, concentrarse en la pelea, en el hombre y el trapo que tiene delante. Tiene que entregarse en las embestidas, descolgar su cuello, empujar con los riñones y no parar de acometer. Y, sobre todo, debe tener un metro más de recorrido al salir de cada pase. Ese es el toro que a mí me gustaba torear y el que me gustaría conseguir como ganadero. Pero también busco que tenga un punto de fiereza, mayor agresividad de lo habitual. El toro enrazado, cuando obedece y embiste, ayuda a que con veinte muletazos el torero pueda formar un alboroto en la plaza. Para eso hay que estar muy seguro y muy firme, hacerle todas las cosas muy bien, pero en un espacio de tiempo muy ajustado”. Me parece que esta definición de José Miguel, resume a la perfección el capítulo de las crónicas de Piedras Negras en la plaza. Podríamos haberla sacado del comportamiento de los piedrenegrinos descrito por los periodistas. Y continúa el maestro diciendo: “En cambio , a ese otro toro que no molesta, como decimos los toreros, tienes que darle cincuenta pases y necesitas estar mucho más tiempo jugándotela con él para llegar a emocionar y cortarle una oreja como máximo, o dos si eres un artista excelente. Me gusta el toro noble y colaborador, pero siempre que sea enrazado porque esa condición evita la demoledora sensación en el espectador de que él mismo sería capaz de bajar al ruedo. El toro bravo de verdad aumenta la admiración por el torero que imprime ese carácter y esa emoción que nunca han de perderse en este espectáculo”, conceptos muy completos que se apreciaban desde tiempo antes.

Para los años treinta el toro tenía que ser observado en los tres tercios de la lidia y cumplir yéndose a más en todos ellos. De ahí en adelante la base del concepto de Viliulfo y sus descendientes al frente de Piedras Negras es que el toro embista. Podemos rebuscarnos en conceptos filosóficos y literarios complejos, pero al final el toro tiene que embestir, que no es sinónimo de pasar. El toro que anda, deambula, circula, no es el que embiste, el que con bravura acomete. Este necesita otra aportación, la que da la casta. El curso de la fiesta continúa y con él la transformación del toro. A partir de los años cincuenta, retirados “Armillita” y Ortega, la fiesta da un giro de ciento ochenta grados. Del interminable primer tercio, pasamos ahora a la casi extinción del mismo. Los reglamentos cambian y el tercio de varas comienza su rumbo al mono puyazo actual. Los tumbos hasta ese momento frecuentes, se dan ya muy poco, el toro mejor criado, mejor preparado para la lucha tanto genética como físicamente, pierde poder. Aunque crece en su volumen, pierde la fuerza que una casta más concentrada le daba. Entonces la selección cambia al toro orientado hacia el último tercio de la lidia y en la lidia misma se cuida para este. Hacia el concepto de bravura al que se refiere José Miguel Arroyo. Por lo mismo, los quites dejan de serlo, y se transforman en artísticas ejecuciones de los lances de antaño, desapareciendo poco a poco la mayoría de ellos. De la infinidad creativa de los diestros y la importancia física con riesgo de un quite, el primer tercio se anclo en muy pocas suertes. El tercio de banderillas, única suerte sin cambio en toda la historia del toreo, pasa a ser realizado cada vez más por las cuadrillas, de forma normalmente ineficiente. Siguieron naciendo grandes toreros que banderilleaban, pero ya no lo hacían todos. Así, le primer tercio, largo y variado, con muchos puyazos, quites y lucimiento en banderillas, se reduce en tiempo y en riqueza taurina, por lo que ahora pasamos que de ser más de la mitad de la faena del toro, se vuelve, si mucho, en una quinta parte. El centro de la fiesta es ahora la faena de muleta, por lo que el toro suave es el que piden los toreros y buscan muchos ganaderos, con el riesgo de que este toro siempre esté a dos pasos de perder la bravura. Las casas con profundidad, con selección; con simiente cuidado y variado, podían mantenerse cerca de este peligroso abismo sin caer en él; sin embargo la multiplicación de las ganaderías hace que muchas se vayan al barranco de la mansedumbre. A partir de los años sesenta este es el toro que en nuestro país se cría cada vez más y más.

Escribe José Bergamín en “La Música Callada del Toreo”: “Es indudable que si los toros no embistieran no habría toreo posible y que todo el arte de torear no hubiera existido. Sin embargo ahora vemos salir al ruedo con tanta frecuencia, que casi diríamos que no vemos otros, toros que no embisten. En cambio, vemos en la mayoría de esos toros que no embisten, toros que pasan, es decir, que siguen fácilmente el engaño de la muleta o la capa con tanta docilidad como si estuvieran amaestrados. Nos parece entender que esa diferencia que decimos entre un toro y otro, uno que embiste, otro que pasa, que sigue el trapo con una embestida tan débil, tan suave, tan dócil, que ya no nos parece una embestida, es la que separa a un toro bravo de otro que no lo es: lo que los diferencia….Yo diría que, en realidad, el toro no pasa cuando embiste; que el toro que embiste no pasa, se queda en el engaño y se sale de él por la fuerza misma de su embestida”.

Esa era la bravura que se busca en la evolución en Piedras Negras después de Lubín, embestir con emoción y celo durante toda la lidia, cualidad que ya era necesaria para seguir triunfando. Y no es que en tiempos de Lubín no lo fuera, simplemente, la lidia de los primeros veinticinco años del siglo se concentraba, como ya explicamos, en el primer tercio.

Gregorio Corrochano en su libro “Teoría de las Corridas de Toros”, escribe: “Que es un toro bravo? La bravura cuyo origen y medida desconocemos, se le ha considerado como un carácter del instinto, con lo que se ha creído darle una definición. Si juzgamos por lo que vemos con el toro en el campo, tranquilo, en libertad, donde convive con el hombre y con el caballo, y por lo que ocurre en la plaza donde no tolera la presencia del hombre ni la del caballo, podemos sospechar que la bravura es un temor defensivo. Cuando el toro pisa el ruedo, busca una salida. Como no la encuentra, se para. El hombre le reta tirándole un capote o avanzando hacia él con un caballo, y el toro acomete. ¿Por qué? No lo hace por comerse al hombre ni al caballo. Lo hace por defenderse del hombre que le hostiga, que le hiere, y a quien le teme. La bravura es un instinto de defensa, de un grano parecido con el valor del torero….Ese acoplamiento de bravura y valor, al enfrentarse y temerse, hace posible la maravilla del toreo. La bravura no tiene medida si no es en la lidia, pero está condicionada al torero, que no siempre es buen lidiador”.

De ambas redacciones vemos que el toro tiene que acometer, que embestir y que tiene que ser bien lidiado para desplegar a todo velamen la bravura que ha buscado el criador. Un toro bravo no siempre corre con la suerte de encontrarse con un buen lidiador o con un torero dispuesto a no regresar a casa.

Juan Pedro Domecq define la bravura como “la capacidad del toro para luchar hasta su muerte” y aclara añadiendo: “Soy totalmente opuesto a que el equivalente de la bravura de los astados se termine en la suerte de varas”. En su libro “Del Toreo a la Bravura”, remata diciendo: “ya tenemos una nueva concepción de la bravura…la acometividad en todo el conjunto de suertes que conforman la lidia”.

Esta bravura integral es lo que ha logrado la estabilidad de la fiesta en los últimos setenta años, Pero llegar a ella es un proceso complejo dada la cantidad de caracteres a seleccionar. Pero la pelea en el caballo, la acometividad, la fijeza y la entrega deben de estar siempre presentes.

Corrochano hace una reflexión que años después Juan Pedro analiza y demuestra: “aún y cuando la tienta y la herencia son las bases para la evolución de las ganaderías los resultados de estas son insuficientes”. En la mayoría de las veces el producto conseguido no corresponde al buscado. No llega al cuarenta por ciento. Más de la mitad de las veces se equivocan los criadores, sin embargo el fondo de cada ganadería es lo que las saca a flote tarde tras tarde. La solera que está presente en las grandes casas y que fortifica siempre su sangre brava.

La bravura es un pez que fácilmente se escapa de la mano, por eso es muy riesgoso ponerle límite a la expresión de la casta en aras de la comodidad comercial y beneficio del torero. Piedras Negras no tomo el camino del toro que parezca bravo y no lo sea. Dentro del concepto original siguieron respetando la casta como elemento esencial, con un contenido de nobleza suficiente para hacer lucir la bravura. Y cuando esto se daba los triunfos eran de un gran peso, el toro acometiendo, empujando, atacando, con el son y la clase necesaria para las grandes tardes. Véanse las crónicas. Sin embargo cuando como resultado de la selección, la casta prevalece sobre la nobleza de forma desequilibrada, y por lo tanto lo deseado, no es lo logrado, sale el toro con defectos antiguos, de difícil solución; cuando estos emanan, con la lidia adecuada ofrecen la posibilidad de un espectáculo que mantenga el peligro como base de la fiesta. Donde el valor y la técnica del torero, ante la falta de alguna cualidad que permita la gran faena, complementen para el público el espectáculo con una expresión artística diferente. Y esto, el toro que solo pasa, que no acomete, que no transmite lo hace imposible, para comodidad del torero. La fiesta en blanco y negro. La muerte segura de la misma.

Por eso el manejo en Piedras Negras es escrupuloso y complejo. Una ganadería pequeña, sin concesiones en las tientas, concentra mucho más lo que se busca; lo cual da grandes cualidades y los defectos correspondientes a estas mismas. La entrega de un toro bravo en esta casa es espectacular, la casta lo provoca, pero si el toro no se entrega del todo, la dificultad es alta y pone las faenas al rojo vivo. Así se busca y se acepta la bravura en esta casa. Decía Victorino Martín en una entrevista para la televisión después de una corrida en Madrid:   “prefiero que salgan demonios a que nos salga el toro bobo y tonto. La gente con corridas como esta – la corrida había salido muy encastada – va a respetar a los toreros mucho más. Me debo al público que es mi cliente, y mi cliente ha salido contento”.

Continuemos con Corrochano: “La bravura tiene una escala….tan difícil es sujetar la bravura y tan variable… “que parezca bravo y no lo sea”, porque el bravo es molesto y peligroso; “que sea pastueño, pero que no llegue a la mansedumbre que le ronda”. Esa fórmula de equilibrio es inestable; la caída es segura. Esa distinción, muy de moda, del toro bueno para el torero o el toro bueno para el ganadero, es la más dislocada concepción de la bravura; es una forma nueva de aceptar la mansedumbre. Toro que no sea bueno para el ganadero, no es bravo, y no debe ser bueno para nadie, aunque parezca circunstancial y económicamente bueno para el torero. Esperemos que la moda pase como pasan todas las modas. Insistimos, el ganadero no es dueño de la bravura del toro”. En esa moda se quedó la fiesta del México moderno y algunas ganaderías no quisieron ser parte de ella, del privilegiar el toro para la faena bonita, insulsa, sin peligro y finalmente sin valor trascendental. Sin el elemento de bravura integral presente en las plazas.

“La bravura es el valor del toro. Un valor que se crece al castigo, se manifiesta con prontitud, sin la menor reserva, se enciende con celo al reto del cite, con casta, y se entrega con fijeza en la embestida, lo que se traduce en nobleza hasta el final de la suerte”. Cumpliendo con este concepto de Arévalo, vimos varios toros de esta casa hace poco menos de un mes, en agosto de 2014. El problema está en que cumplieron con esta definición y todavía no llega el momento de que aquí se valore o en muchos casos que si quiera exista.

Porque analizando la frase de José Carlos : “crecerse al castigo” presupone que el toro está ávido de recibirlo, que quiere pelear, no recibir un símil de puyazo para no acabar con él, “manifestarse con prontitud, sin la menor reserva”, supone la presencia en el ruedo de un toro dispuesto a atacar, a embestir, no tan solo a pasar, “que se enciende con celo al reto del cite”, se traduce en que el burel acepte el reto y lo tome con “valor y entrega en la embestida”, que como suma de estas cualidades “se transformará en nobleza hasta el final de la suerte”, esto no es el animal que solo cuenta con una particular nobleza de obedecer sin protestar, sin siquiera cuestionarse a donde va. Sé, porque he platicado largo con José Carlos Arévalo, que su definición es universal, para cualquier toro. El mantiene que “la bravura es noble y la mansedumbre es resabiada” destacando que “la casta es la agresividad ofensiva de la bravura, y el genio es la agresividad defensiva de la mansedumbre”. Conclusión correcta, pero le faltó la interpretación inversa de la primera parte de su corolario, la falta de casta es la pastueña, desabrida, aburrida manifestación de la nobleza extrema, mansedumbre también en si misma porque no integra ninguna de las otras cualidades de su muy claro concepto. Quizá en España vea menos toros con esta condición, seguro muchos menos de los que vemos aquí. Por otra parte, la equivocada confusión de bravura por genio, que se puede dar entre los aficionados cuando este defecto aparece, curiosamente genera la emoción que el descaste inhibe. No es deseable, ni plausible y la emoción no la produce la bravura, pero es mejor para el toreo, para la fiesta y para el público.

Si graficáramos la bravura y sus componentes en un reloj, si la nobleza está a las tres y la casta a las nueve, la suma de ambas estaría a las doce: la bravura integral, Por el contrario la inexistencia de cada una nos lleva a la mansedumbre, que estaría a las seis. El cuadrante entre las tres y las seis, en el cual abunda el toro nacional, es la tumba del espectáculo. Es el toro que va pero no acomete, que obedece y pasa pero no vuelve, que jamás se encela. Que no es absolutamente manso porque es capaz de pasar muchas veces frente al torero, pero sin generar emoción, sin bravura.

El toro que no tiene dentro de sus cualidades casta y nobleza combinadas de muchas formas, como las busque cada criador, no puede ser bravo. Dentro de este reloj imaginario, estaría en toda la zona entre las nueve y las tres. Con distintas combinaciones y expresiones en la plaza, pero bravo. El manso para mi es aquel que carece de las dos. El que pasa sin nobleza, caminando, sin acometer; aquel en el que el torero se da cuenta y sabe que él tiene que hacer todo y que el peligro está casi ausente. El que al final, que llega de inmediato, recula, se refugia en las tablas; huye y se queda parado esperando la muerte. El que se acobarda.

Hace mucho tiempo el concepto de bravura en México se dividió. Y se buscó de distintas formas el toro para la plaza. Por un lado la gran mayoría de los criadores, adecuándose a peticiones e imposiciones de las figuras del momento. Por otro, los menos, quienes siguieron su camino original. Sin importar las consecuencias. Y persistieron en su apuesta a la incontrolable bravura encastada, que revienta en nobleza en su máxima expresión. Siguieron buscando lo pocas veces alcanzable: el toro bravo. Intentaron mantener encastada la nobleza nacional. Arriesgando a también obtener, la dureza de la casta, el genio no deseado. Avanzaron sin abusar de la sangre, sin lucrar con la comercialización de la misma. Continuaron sin concesiones en las tientas. Y siguieron pensando en sentir en las plazas la embestida de sus toros. Manteniendo viva la ilusión de ver un toro romper a bravo, rematar en los burladeros, crecerse al castigo, culminar la faena con entrega y lucha. Buscaron seguir teniendo un animal que atacara siempre. No voltearon la cara al riesgo que criar toros bravos representa. En todos los sentidos. Y hoy, aquí siguen. Listos a responder al reto de la bravura.

El toro bravo finalmente premia a quien ha descubierto el misterio y se ha entregado en la solución del mismo. Pero mientras se valore el toro en el cual el tercio de varas prácticamente ha desaparecido y la emoción que da la casta es casi inexistente, donde el riesgo radica en el error por confianza de los toreros, no en la existencia de la casta, quienes busquen, encuentren y mantengan otro concepto, seguirán relegados hasta que se geste y culmine un cambio. Este, deberá de llegar de la mano de los toreros, porque el público siempre lo ha valorado. La tarde de Diciembre de 2013 de la ganadería de De Haro en La México lo demuestra. Y Federico Pizarro quien triunfó esa tarde lo puede decir. El milagro de la bravura conjuntó una tarde triunfal.

Casta, prontitud, celo, acometividad, fijeza, movilidad, son constantes en las definiciones que hemos aquí transcrito. La suma de estas: emoción. Si no están presentes, no hay bravura. Y estas cualidades las hay de sobra en Piedras Negras, y son base de su concepto.

En épocas de cambio, como hemos visto, el toro culmina la evolución. Quizá estemos ante un momento histórico donde quienes han apostado y mantenido encapsulada la bravura, tengan ahora la responsabilidad de empujar el cambio en la fiesta. De todas las casas, porque esta condición no es exclusiva de Piedras Negras ni de su encaste. Pero Piedras Negras debe buscar y tener un sitio especial. La historia se lo exige.

Llegamos al final de este esfuerzo por conocer un encaste que ha llenado de orgullo e ilusión a sus amos en cada época. A cada quien le tocó aportar y disfrutar su momento. La fundación, la estrategia, el mando, los triunfos, la continuidad y la garantía del futuro son resultados de las hábiles manos de sus dueños durante 145 años y los que faltan por venir al mando de Marco Antonio y de Patricio.

¡La Bravura por Delante¡ Marco Antonio. Estoy seguro que en Piedras Negras la custodia de esa riqueza seguirá pagando con más triunfos.

Piedras Negras, sitio, vida y memoria.

OLVIDAR LA MUERTE, Luis Pérez Oramas


Luis Pérez Oramas

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Olvidar la muerte. Pensamiento del toreo desde América puede ser considerado dentro del género del “espejo de tauromaquia”. Desde que el poeta francés Michel Leiris publicara su célebre libro titulado Miroir de la tauromachie (1938), se puede inferir la existencia de un género específico de la literatura taurina consistente en reflexiones breves, aforismos, fragmentos ensayísticos, donde otros autores –de José Bergamín a Francis Marmande– han sobresalido. Olvidar la muerte sigue este modelo al conjugar textos cortos y ensayos más elaborados (o tauromaquias) para producir una reflexión filosófica e histórica sobre el toreo entre España y la América hispana. Notablemente, en la consideración histórica de la fiesta de los toros, el autor venezolano contribuye con su interpretación del sentido político de la tauromaquia dentro de la constitución del ámbito político público moderno, y de su antropológica actualidad como ceremonia de la diferencia humana con relación al reino animal.

 

Luis Pérez Oramas nació en Caracas (Venezuela, 1960). Ha publicado, desde 1978, ocho poemarios, los dos últimos en Pre-Textos: Prisionero del aire (2008) y La dulce astilla (2015). Su poesía ha sido incluida en diversas antologías editadas en Caracas, España y México. Ensayista, crítico y comisario de artes visuales, ha publicado diversos libros de ensayo y catálogos y ha comisariado numerosos proyectos expositivos.

Doctor en Historia del Arte por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (París, 1994), comisarió la Trigésima Bienal Internacional de Arte de Sao Paulo (2012). Actualmente trabaja como asesor de arte latinoamericano en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.

 

MORANTE DE LA PUEBLA ENTREGÓ EL PRIMER “BIRLIBIRLOQUESCO DE HONOR” AL PERIODISTA CARLOS HERRERA

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REDACCIÓN27 MARZO, 2016

En un acto multitudinario el maestro Morante de la Puebla y GNP Seguros inauguraron en Sevilla, la nueva versión de Morante Tour Europa 2016. La nueva etapa de Morante Tour, que tendrá como pilar principal la difusión de la obra literaria de José Bergamín “El Arte de Birlibirloque”, contó en su primera fecha con un prestigioso invitado, el periodista Carlos Herrera, a quien el propio Morante de la Puebla hizo entrega de un ejemplar de lujo del libro, homenajeando así al reconocido periodista como el primer “Birlibirloquesco de honor” .

El evento tuvo lugar esta mañana, en la carpa de Morante Tour, ubicada en los aledaños de la Maestranza de Sevilla, en la torera Plaza de Curro Romero. La carpa permanecerá abierta para ser visitada durante la tarde, hasta la hora de la corrida, y en ella se podrá adquirir de manera gratuita, el libro de “El Arte de Birlibirloque”. Además los niños podrán jugar al toro con carretones y trastos hechos a su medida y podrán llevarse de recuerdo unos pitones del merchandising oficial de Morante Tour y GNP Seguros

La Zarzuela: «No molesten»

ANTONIO BURGOS

 

Bernardo Muñoz Marín. «Carnicerito» de nombre artístico. Torero por la gracia de Dios. Sobrado de gracia. Malagueño de nación. Hecho al arte del toreo y de la flamenquería en Jerez. Los que lo conocieron sostienen sobre él dos cosas: que era el hombre de mayor gracia natural y espontánea, no buscada, que en su vida conocieron; y el más elegante y que mejor porte y jechuras tenía. No se tiene noticia de que en su vida se pusiera unos pantalones vaqueros. Cuando el caballero don Álvaro Domecq Díez se hizo rejoneador con el exclusivo fin de racaudar fondos para levantar unas escuelas para los niños desfavorecidos de su Jerez, llegando a torear 50 tardes en la temporada de 1944, se llevó en su cuadrilla a dos hombres de arte: como banderillero de confianza, a Bernardo Muñoz; y como mozo de espadas, a otro monstruo del ingenio, al que fue mi catedrático de Gramática Parda, a don Miguel Criado Barragán, «El Potra» en el mundo del toro, donde fue gente, y quien tenga la menor duda, que lo pregunte en Sevilla, Madrid o Pamplona.
Cuéntase que una noche que venían en el coche de cuadrillas de torear una corrida no sé dónde e iban para actuar al día siguiente cualquiera sabe en qué plaza, don Álvaro, hombre de profundas convicciones religiosas, puso a todos sus hombres a rezar el rosario. Terminadas las oraciones finales, les dijo:

-Ea, ya hemos quedado a bien con Dios y le hemos dado gracias…

A lo que Bernardo, en plan «agradaó» de su tierra jerezana, fingiendo fervor y emoción cristiana, así como una guasa grande y de verdad, le dijo:

-Esto ha sido tan bonito que, don Álvaro: ¡vamos a echarnos otro rosario!

Me he acordado del lance de Bernardo y de don Álvaro cuando don Francisco Javier López, alias Pachi, ha salido de La Zarzuela de informar a Su Majestad sobre el segundo revolcón sin consecuencias que en la media plaza de toros del Congreso ha vuelto a sufrir Sánchez en su pretendida investidura. López salió con cara de haberle dicho al Rey como Bernardo a don Álvaro, en plan «agradaó»:

-Don Felipe, ¡vamos a echarnos otra ronda de consultas!

«Nequaquam», le ha dicho el Rey. Y ha sido entonces cuando ha llamado al Jefe de Su Casa, ha abierto una gaveta de la mesa de trabajo donde tiene siempre el ordenador portátil y le ha dado dos entrelargas cartulinas que allí guardaba. Todos nos traemos algo de las que llaman «amenities» en los hoteles buenos, y que levante la mano quien no lo haya hecho: que si el peine maravilloso, que si el gorro de ducha, que si las zapatillas de mullido fieltro. Con lo largo que es, y barruntando la que se le venía encima, Don Felipe pegó el correspondiente mangazo regio en el último viaje. Pero lo que se trajo no tenía importancia más que para él. Fueron esas cartulinas alargadas que cuelgan del interior del pomo de la puerta en los cuartos de hotel, que en una pone «No molestar», y en la otra, «Arreglen pronto la habitación».

Esos dos entrelargas cartulinas fueron las que el Rey sacó de la gaveta del regio escritorio y entregó al Jefe de Su Casa nada más que el presidente del Congreso cogió puerta, camino y mondeño con la comunicación del segundo nanai de investidura. Y le dijo:

-Quiero que me redactéis comunicado de la Casa inspirado en estas dos cartulinas, porque yo no me paso otros quince días recibiendo gente que después hace lo que quiere, sólo marearme a mí y a la perdiz de España, que es mucho más grave. Un comunicado que diga lo que estos dos avisos hoteleros: que estos señores arreglen cuanto antes la habitación, que la tienen patas arriba desde diciembre, y que, mientras, por favor, no nos molesten ni a mí ni a los españoles que los votaron. Y que cuando tengan algo arreglado en firme, que venga el que sea. ¿Qué ronda de consultas ni ronda de consultas? ¿Estamos locos?

Antonio BurgosAntonio Burgos

 

Hallan notas inéditas de Ortega y Gasset sobre su Tratado taurino Ven la luz textos desconocidos del pensador, donde se sorprende del olvido de España ante el bicentenario de la Tauromaquia y desvela que intentó organizar una corrida de toros

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Don JOSÉ ORTEGA Y GASSET TOREA AL ALIMÓN CON CARLOS ARRUZA EN LA FINCA DE DOMINGO ORTEGA

Muchas veces anunció Ortega y Gasset la publicación de su tratado Paquiro o de las corridas de toros. Por desgracia, nunca llegó a hacerlo.

Entre los papeles de trabajo del filósofo, que se custodian en el Archivo de la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón, de Madrid, los investigadores Felipe González Alcázar y María Isabel Ferreiro Lavedán han estudiado el contenido de una carpeta titulada «Toros» y acaban de publicar su primera parte en la Revista de Estudios Orteguianos (nº 21, noviembre de 2010). Además de una aportación cultural notable, supone esto una confirmación del interés apasionado del filósofo por la Fiesta. Y un argumento valioso más —entre los innumerables que existen— a favor de la trascendencia cultural de la Tauromaquia: algo especialmente oportuno en momentos en los que, desde la política sectaria o la simple ignorancia, tantos la combaten.

El hallazgo

Se trata, según sus editores, de una voluminosa carpeta, que contiene seis subcarpetas; en total, más de cien notas: la mayoría, como los títulos y subtítulos, manuscritas por Ortega. Son textos que, hasta ahora, eran absolutamente inéditos y desconocidos, de los que ofrecemos aquí una muestra. Están ordenadas estas notas por temas, no por cronología: el interés de Ortega por la Tauromaquia y su intención de escribir un tratado sobre ella persisten a lo largo de toda su vida.

A ese futuro tratado parecen claramente destinadas estas notas, tanto las reflexiones personales como la anotación de datos históricos. Para ello, ha manejado Ortega sobre todo los libros del Conde de las Navas, El espectáculo más nacional (1899); José Daza, Precisos manejos (1777), y Velázquez y Sánchez, Anales del toreo(1868). Completa esto a lo ya publicado, en la misma revista, por Felipe González Alcázar, que trazó un interesante itinerario biográfico de Ortega, en relación con la Tauromaquia.

Llama la atención un manuscrito titulado «Sobre las corridas de toros o Secretos de España», en el que juega irónicamente Ortega con los que le tildan de filósofo «extranjerizado y extranjerizante»: paradójicamente —dice— es este pensador tan poco castizo el que viene a llamar la atención de los españoles ante el hecho de que las corridas modernas cumplan su segundo centenario. (El texto procede, quizá, de 1940 y Ortega pensaba en 1740 como su fecha inicial).

¿Por qué le apasionaba tanto a Ortega el tema taurino? Porque está profundamente enraizado en nuestra cultura popular: «Ningún aspecto de la vida española me es desconocido ni me fue indiferente».

La historia de España

Es lo mismo que ha escrito en otras ocasiones: «Es un hecho de evidencia arrolladora que, durante generaciones, fue, tal vez, esa Fiesta la cosa que ha hecho más felices a mayor número de españoles… Sin tenerlo con toda claridad, no se puede hacer la historia de España desde 1650 a nuestros días».

Con su habitual falta de humildad, proclamaba: «He hecho lo que era mi deber de intelectual español y que los demás no han cumplido: he pensado en serio sobre ella».

Lejos de cualquier tópico castizo, aventura que probablemente «el tamborileo y la clarinada de la salida y cambio de suerte procedan de los vascos».

Coincide con su amigo —y colega de capeas— el arabista Emilio García Gómez en la dificultad de recordar con exactitud lo que nos ha emocionado tanto en los ruedos.

Encuentra en el libro de José Daza una observación que le encanta: algunas suertes deben hacerse «con unas prisas muy sosegadas». Es algo aplicable a muchas parcelas estéticas.

Se preocupa por la evolución de la Fiesta, desde los tiempos de Pedro Romero: «Se ha perdido hasta la noción de lo que era el momento esencial: matar». En otras ocasiones, ha alertado sagazmente sobre el riesgo de manierismo esteticista que la amenaza.

Sabe ver perfectamente que el toro no es «una fiera» a la que se caza, sino «un compañero, que está ahí para medirse con él». Y concluye rotundamente: «Gracias a las corridas, existe hoy la especie toro». Algunos —dentro y fuera del Parlamento catalán— siguen sin enterarse.

Una anécdota: no habíamos tenido noticia alguna, hasta ahora, del intento de organización de una corrida de toros, a la que se invitaría a Hemingway y Montherlant, usando como mediador a su amigo Gary Cooper. Y añade, con sentido práctico: «Que paguen los viajes los toreros».

De capea con Zuloaga

Aporta González Alcázar datos y documentos inequívocos sobre su afición al toreo de salón, del que se consideraba «consumado ejecutor», y lamentaba la pérdida de las largas, capote al hombro. También era aficionado práctico: de joven, como «peón de confianza» de su hermano Eduardo, por los pueblos castellanos; después, en Azpeitia, en la capea organizada por Ignacio Zuloaga; en «Navalcaide», la finca de su gran amigo Domingo Ortega.

Proclamaba también, como metáfora vital, sentirse torero. Recuerda Madariaga la opinión de La Argentinita, al conocer a Ortega: «Pues mire usted, un torero malagueño». En un coloquio, en Ginebra, se presentaba Ortega como «un pequeño señor español que tiene cara de viejo torero». «Torero del ser», le llamaron en Alemania. Y él mismo se comparaba con un espontáneo: «Yo soy de por vida ese eterno chico de la blusa y no puedo contemplar un problema astifino sin lanzarme hacia él insensatamente».

Hijo de un crítico de toros, a Ortega le encantaba fotografiarse, con sombrero cordobés y capote al brazo, junto a Machaquito, en una Plaza cordobesa.

Desde su primer libro, las Meditaciones del Quijote (1914), anunció la publicación de su Paquiro. Nunca abandonó el proyecto, nunca lo completó. Solo ahora hemos podido conocer algunas de las notas que iba tomando…

En una foto de Canito, vemos a dos hombres que torean una becerra, sosteniendo, cada uno, una punta del capote. Uno, joven, con traje campero, se llama Carlos Arruza; el otro, más mayor, con chaqueta y pantalón, se llama José Ortega y Gasset. Torean al alimón: toros y cultura.

ELOY CAVAZOS “MEMORIA de ARENA”

Al regresar a México encontré varias llamadas de Rafael Báez en el

casillero de los mensajes del Hotel Gillow. Me invitaba a Monterrey, a la

Sultana del Norte. Eloy Cavazos estaba anunciado con “El Cordobés” y

Manuel Capetillo en la Monumental, con toros de Pastejé, ganadería

propiedad de Paco Madrazo. También con toros de Pastejé, Eloy

actuaría al día siguiente mano a mano con Currito Rivera en

Torreón.Recuerdo con claridad que en Torreón se lidió un toro berrendo

en negro, y en Monterrey había dos de capa cárdena, lo que indicaba

que aquellos murubes de Pastejé, de la época de la alternativa de

Antonio Velásquez cuando los famosos “Tanguito” y “Clarinero”, se

habían cruzado. Estas capas de pelo, cárdena y berrenda, no existen en

la línea ibarreña de Vistahermosa.

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El Cordobés, Eloy Cavazos y Capetillo en la Monumental de Monterrey. Octubre 1968

La capital de Nuevo León es una gran ciudad, de impresionante

desarrollo industrial. Con el tiempo tendría el privilegio de ser testigo de

la transformación urbana de la Sultana del Norte, una gran ciudad que

descubrí por la fama de sus toreros: Lorenzo, los hermanos Briones,

Raúl García, Manolo Martínez y Eloy Cavazos. Pocas comunidades son

tan laboriosas como la regiomontana. Sólo conozco dos ciudades en las

que sus pobladores madrugan para ir a trabajar: Caracas y Monterrey.

Mucho antes de que amanezca, las calles y principales avenidas de la

capital neoleonesa se congestionan de vehículos con gente que va

camino a sus trabajos. Monterrey tiene una historia diferente al resto de

las capitales mexicanas. Distinta en sus orígenes y en su formación.

Caso curioso el de Monterrey, sin tener ganaderías ha reunido un grupo

de muy buenos toreros: Garza, Briones, Manolo Martínez, Raúl García,

Eloy Cavazos…

Cuando llegué al aeropuerto me esperaba Rafael Báez; de inmediato

fuimos a la plaza, a los corrales de la plaza de Monterrey, pues era la

hora del sorteo. Más tarde fuimos al hotel donde Eloy Cavazos se

vestía. Allí estaba Macharnudo, periodista taurino de la Cadena García

Valsecas, uno de los puntales del famoso emporio periodístico

mexicano. Macharnudo ha sido siempre un amable amigo y un

compañero muy colaborador. Aquellos días conversé mucho con

Cavazos. Le sentí muy natural, sincero y amable. La vida de Eloy ha

sido un ejemplo de constancia, superación y responsabilidad. Nació en

cuna muy humilde, en la Villa de Guadalupe. Un caserío junto a la gran

ciudad de Monterrey. En la Villa su padre, don Héctor Cavazos, era

conserje de la placita de toros. En realidad la plaza servía de casa de

habitación para don Héctor y su familia, ya que era tal la penuria que no

tenían techo para guarecerse del duro clima neoleonés. Me contaba

Eloy que había nacido en una casita de adobe, igual que los ranchitos

campesinos de Venezuela. Sus paredes hechas de pasto seco y de

barro que luego sostenían con pedazos de caña.

–Ni nací envuelto en pañales de seda, decía Eloy, ni conocí de escuincle

los consentimientos y gustos que le dan los padres a sus hijos. Llegué al

mundo en una choza el día de San Luis Rey, 25 de agosto del año de

1950. Pasamos mucho trabajo en la familia. Una familia numerosa. Soy

el quinto de los Cavazos-Ramírez, ¡y somos nueve hermanos! Ramiro

es el mayor, luego Héctor, que murió, Saúl, José Angel, después de mí,

David (Vito, banderillero) Toñita y “El Chiripazo”, que es el menor, Juan

Antonio. – En la plaza nos aliviábamos porque no teníamos que pagar

renta y papá no tenía empleo. Estaba desempleado, “en el paro” como

dicen en España.

Allá, en la placita de la Villa de Guadalupe, nació la afición por la

más bella de las fiestas en el alma de Eloy Cavazos. Más que

afición, era pasión por una profesión que le daría todo en la vida. En

especial el reconocimiento del mundo.

–Papá, antes de ser guardaplaza de la Villa de Guadalupe, había sido

pintor de cruces en el Cementerio Municipal de Monterrey. Aquella

casucha de paredes de barro y techo de lata, que era nuestra casa,

estaba al lado de la caballeriza y de los corrales de la plaza de toros.

Durante el verano era calurosa y se llenaba de plaga y de ratas.

–Noches había –narra Eloy–, en que mi pobre madre se pasaba horas y

horas espantándonos los moscos con una rama de mezquite y

embarrándonos de petróleo –cuando había– para que los bichos no nos

picaran. Dormíamos sobre petos de caballos y mantas para mulillas.

Pero el ambiente de la placita hizo que naciera mi afición. Con los

toreritos que iban a entrenar a la plaza de la Villa de Guadalupe aprendí

a jugar al toro, a torear de salón, a hacer ejercicios. Un novillero de

nombre “El Pony” me regaló para Navidad un capotito, un capote de

torear que serviría para que ganara mis primeros pesos como torero.

Eloy toreaba de salón antes de los festejos de la Villa, en la puerta de la

plaza, y los aficionados le regalaban dinero cuando terminaba. Era tanta

la pobreza de la familia Cavazos Ramírez que esos centavos

significaban mucho para el sustento diario de los 11 miembros del clan.

Pero llegó la tragedia en casa de los Cavazos. El hermano mayor de

Eloy, Héctor, murió en un lamentable accidente, cuando cazaba

palomas y se le escapó un disparo de la escopeta. Laboraba en una

casa de comercio llamada Te de Malabar, y sus patrones, conscientes

de que Héctor era el sustento de la familia, le ofrecieron el trabajo a

Eloy, amigo de los hijos de los propietarios. Como no había ido a la

escuela ni sabía oficio alguno para poder desempeñar un cargo, se

30!

!

convirtió en “maestro taurino” de los muchachos, porque ya para esa

época Eloy distraía a los parroquianos con sus faenas de salón. Así, los

145 pesos que Héctor ganaba a la semana continuaron llegando a la

conserjería de la plaza de toros de la Villa de Guadalupe. Un día los

hijos de los patrones fueron invitados a un tentadero en casa del

ganadero Eleazar Gómez, donde los maestros de la faena campera eran

Raúl García y Jaime Bravo.

–En la ganadería de Eleazar Gómez conocí a Fernando Elizondo,

cuenta Eloy.

Elizondo se entusiasmó con Eloy Cavazos. Tan diminuto, tan gracioso,

valiente y enterado. Quiso cerciorarse Fernando de las condiciones de

Eloy y le invitó a la ganadería de Cuco Peña, en Laredo, para que

matara un semental. Convencido de que Eloy podría ser alguien,

Fernando Elizondo le preparó algunos tentaderos a Cavazos y algunas

novilladas. Elizondo tenía un socio, el venezolano Rafael Báez, con el

que llevaba algunos matadores de toros, como era el caso de Jaime

Bravo. La presentación de Eloy Cavazos fue por una sustitución que

hizo en la cuadrilla de niños toreros, anunciada como Los Monstruos.

Falló un muchachito y Eloy se metió en el cartel. Fue su primera

experiencia, y no le fue mal. Al domingo siguiente le anunciaron mano a

mano con el Santacruz, dos becerros y dos vacas. El éxito le abrió las

plazas de la región y llegó a torear más de sesenta festejos. Calas,

llaman en México, a las becerradas con vacas que antes de ir al

matadero, o ser sacrificadas por los ganaderos de lidia, son

aprovechadas por los aspirantes a novilleros para su formación.

–Papá había sido mi primer apoderado. Como becerrista fui a muchas

plazas y gané unos pesitos con lo del “monterazo”; pero llegó el

momento en que escasearon los “astados” y había que llevar lana a

casa… Así que cambié la muleta por la caja de bolero y “a dar bola” –

que es como llaman en México el oficio de lustrar calzado.

–Hasta que conocí a don Fernando en casa de don Eleazar. En México,

casa de Elizondo, conocí a Rafa. Había una reunión, una fiesta, casa de

Fernando, y como no debía trasnocharme, para estar siempre preparado

y hacer bien mis ejercicios, Elizondo decidió que me fuera a casa de

Rafa, en la calle de Pilares. Rafael y su esposa Betty vivían en un

apartamento muy amplio. Al principio no me gustó la idea. Eso de que

un venezolano y una gringa fueran mis cuidadores, no me parecía que

iba bien con la idea que tenía de ser torero. Con el tiempo comprendería

cuán equivocado estaba. Betty ha sido una de las mejores personas que

he conocido en la vida; y de Rafa, ¿qué te puedo decir? Mi amigo, mi

compadre, algo más que un apoderado. Nunca hemos firmado un

documento. Jamás hemos hecho cuentas, y ya ves… Por fin, a pesar de

su diminuta apariencia que le impedía meter la cabeza en las plazas de

toros, Elizondo y Báez convencieron a don Nacho García Aceves,

empresario de la plaza de toros El Progreso de Guadalajara, para que

Eloy Cavazos hiciera su debut como novillero. Nacho García no quería

contratar a Eloy porque lo veía demasiado chico.

–¡Es muy escuincle el chavo!

Eloy salió en hombros de Guadalajara y cuando salía por la puerta

grande, vio entre los curiosos asombrados a don Nacho; y le gritó: “Don

Nacho… ¿Verdad que ahora no soy escuincle?”.

Cuenta Eloy que esa novillada no la vio Báez.

La primera vez que Rafael Báez vio torear a Eloy Cavazos fue en

Camino de Guanajuato que pasas por tanto pueblo no pases por

Salamanca que allí me hiere el recuerdo. Vete rodeando veredas, no

pases porque me muero. Una novillada que tenía mucho ambiente entre

los aficionados de León porque anunciaban un encierro de lujo, de la

ganadería del Lic. Alberto Bailleres.

Cuenta Eloy que después de la novillada, Rafael “me dijo de plano que

no le había gustado nada. Lo que me provocó honda pena”. Pero Rafael

Báez sabía que estaba frente a un torero importante, a pesar de que en

León no le había gustado. Eloy entrenaba muy fuerte todos los días,

mientras que Báez le conseguía novilladas. Fueron 47 novilladas antes

de presentarse en la Monumental de México. Una de las metas que se

habían trazado en esta primera parte de la carrera de Cavazos… Aquella

temporada, el as de los novilleros era Manolo Martínez, otro novillero de

Monterrey. Se hablaba mucho de Ernesto Sanromán “El Queretano” y

de El Sepulturero.

–No teníamos dinero para comprar un traje decente para presentarnos

en la Plaza México. Betty, la mujer de Rafa, fue al Monte de Piedad, en

El Zócalo, y empeñó todas sus prendas. Lo hizo sin que nos

enteráramos. Cuando Rafael lo supo, cogió un berrinche que ni te

imaginas. La pagó conmigo. No me hablaba, y cuando me dirigía la

palabra era para recriminarme algo.

Eloy Cavazos, con gran expectativa, se presentó en la Monumental, el

12 de junio de 1966. Toros de la ganadería michoacana de Santa

Martha. El novillo del debut se llamó “Trovador”. Completaron el cartel

aquella memorable tarde en la carrera de Eloy Cavazos, Leonardo

Manza y Gonzalo Iturbe… Cortó dos orejas, salió a hombros y su cartel,

que estaba muy alto, llegó a las nubes. Cavazos se cotizó mucho y muy

pronto. Era un gran atractivo para las empresas, pero no volvió a la

México, sino para confirmar la alternativa de matador de toros, que

alcanzó en Monterrey en 1967, con Antonio Velásquez y Manolo

Martínez y toros de San Miguel de Mimiahuapan.

La confirmación fue en 1968 con Alfredo Leal y Jaime Rangel y toros de

Chucho Cabrera. Eloy cortó tres orejas y se ganó “El Azteca de Oro”,

como triunfador de la temporada. En aquella temporada, la México

presentó 14 festejos; y fueron contratados al Derecho de Apartado y en

corridas sueltas, los matadores Manuel Capetillo, Alfredo Leal, Joselito

Huerta, Raúl García, Mauro Liceaga, Jaime Rangel, Chucho Solórzano,

Alfonso Ramírez “Calesero Chico”, el maracayero Adolfo Rojas, uno de

los buenos toreros venezolanos, que actuó en dos tardes y llegó

precedido de gran fama tras su destacada campaña como novillero en la

plaza Monumental de Las Ventas de Madrid, de la que salió varias

veces en hombros. También estaban en el derecho de Apartado Raúl

Contreras “Finito”, Ricardo Castro, Antonio Lomelín, El Ranchero

Aguilar, Antonio del Olivar, Fernando de los Reyes “El Callao”, los

venezolanos Curro Girón y César Faraco, Gabino Aguilar, Rafael Muñoz

“Chito”, Manolo Espinosa “Armillita”, Leonardo Manzano y Joel Téllez “El

Silverio”.

Ya para esa época Rafael Báez se había hecho cargo de Eloy. Aunque

Báez estaba en activo, toreaba poco. En realidad, a pesar de su

vocación, nunca despuntó como matador de toros.

Rafael Báez es caraqueño, de la parroquia San José y se formó como

torero en las escuelas taurinas que por los años cincuenta existían en la

capital venezolana. Sus actuaciones en Caracas, Los Teques, Maracay,

Valencia y los pueblos andinos como Ejido, Lobatera, Tovar, Zea y

Táriba, fueron esperanzadoras. Rafael Báez se marchó, primero a

Colombia, y más tarde a México, en el año de 1953, donde se radicó. En

Maracay tuvo una gran tarde en compañía de Pepe Cáceres,

coincidencia que le abrió una gran amistad con el gran torero

colombiano, al que luego representó en México.

En Báez se unió la inteligencia natural del taurino con la sagacidad del

hombre del trópico, hasta que se convirtió en el ejemplo clásico del

apoderado en México. Llevó a muchos toreros en su larguísima y

ejemplar carrera, pero fue Eloy Cavazos su punto más alto. Rafael Báez

es un hombre de grandes cualidades y su joya es su intuición y carácter.

Báez ha formado con Eloy la pareja más estable y sólida de las que ha

conocido el toreo en América entre un apoderado y un matador de toros.

En Europa, él y Cavazos, fueron ejemplo a seguir durante las brillantes

temporadas del regiomontano por plazas de España, Francia y Portugal.

Elizondo se ocupaba de otros menesteres taurinos y Báez se dedicaba

en exclusiva al aniñado diestro de la Villa de Guadalupe.

Después de la corrida de Monterrey, viajé en automóvil hasta Torreón,

Coahuila, en compañía del célebre banderillero David Siqueiros

“Tabaquito”, miembro de la cuadrilla de Eloy. Hicimos el tramo desde

Monterrey hasta Torreón en horas de la mañana. Por la tarde, Cavazos

actuó mano a mano con Curro Rivera. Se lidiaron toros de Madrazo, de

Pastejé, tres de ellos muy buenos y tres fatales. Fíjense ustedes como

es la suerte en los sorteos. Curro Rivera tuvo un lote malísimo, para

disgusto de su padre, el maestro potosino Fermín Rivera, que para la

época lo apoderaba. Eloy Cavazos cortó seis orejas y un rabo, salió a

hombros y ganó el trofeo en disputa. El maestro Fermín, Curro Rivera y

su cuadrilla, salieron disgustadísimos de la plaza lagunera tras la

enjabonada de Eloy.

Por la noche continuamos carretera, esta vez en compañía de Nacho

Carmona y de El Yucateco, picador y banderillero de la cuadrilla de

Cavazos, además de “Tabaquito”. Un viaje larguísimo, muy pesado, que

tuvo el aliciente de conocer el entorno en la vida de estos hombres, en

especial de “Tabaquito”, primo del gran chihuahuense David Alfaro

Siqueiros, alumno privilegiado de la Escuela Santa Anita, cuna de

expresiones en las Bellas Artes, que llevaron al mundo las voces

protestatarias de las raíces populares del México revolucionario, de esa

gran Revolución en la fase armada, tergiversada en sus dos capítulos

finales.

Me habló “Tabaquito” de la difícil relación entre Siqueiros y Diego

Rivera, otro monstruo de los murales, rebelde en el propio Kremlin, de

quien me aseguraba había sido mucho mejor pintor de caballete que de

paredes. Habló de cárceles, exilios, hombres y mujeres en la vida de

Siqueiros, y despertó en mí la curiosidad por darle la mano, conocer la

vida de esos tres mosqueteros que aún hoy me asombran en cada una

de las líneas que descubro en el guión de sus vidas. Claro que me

refiero a Siqueiros, Orozco y Diego Rivera, cuyo “Picador de Toros” he

escogido, no por casualidad, para que ilustre las tapas de este libro.

Regresé a Caracas a finales de octubre de 1968. Debía entrevistarme

con Carlitos González, se hacían planes para que saliera la primera

edición del diario deportivo Merid

iano…

Morante en las nubes

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JORGE HERNÁNDEZ

El País/ MADRID 

 Asumo el riesgo de nuestro tiempo donde escribir de toros es ya un tema políticamente incorrecto, pero en tanto se homogenice la cultura y seamos todos teutones sin paella, convencidos del maíz transgénico y de la asepsia hasta en las formas de hablar entre prójimos, parto una lanza a favor de la apasionada adrenalina que elevó el domingo pasado José Antonio Morante de la Puebla en la Monumental Plaza de Toros México. En tanto no surja el grupo progre que demonice incluso a la filatelia o el gusto culpable por cantar por lo bajito algunos palos de flamenco, declaró sin miedo la íntima emoción rebosada de metáforas con las que Morante volvió a elevar su tauromaquia a nivel de género literario: el mesurado ensayo de las verónicas a media altura, apenas logrando bajar la mano en una media que terminó por hundir en la arena el hocico de un debilitado toro con reminiscencia de bravura; el poema de las chicuelinas más lentas con el broche de un suspiro de desdén y una leve sonrisa en los labios; lances de relato y el andar pausado de quien sabe mejor que nadie su cuento. Luego, la novela que empieza rodilla en tierra, sin despeinarse, midiendo el galimatías de un toro que –a falta de presencia espeluznante se debatía entre nobleza aborregada (que engaña precisamente a quienes se proclaman antitaurinos) con ecos de una casta (que engañó incluso al Juez de Plaza, quien concedió un arrastre lento, luego de tartamudear su miopía al conceder las orejas).

Fueron varias tandas de derechazos para trazar la secreta geometría en contraquerencias, el giro sobre los talones de quien se sabe ya situado en el eje del universo por un instante en el que puede pasarse los pitones (dudosamente intactos), más allá de lo que el escaso público asistente llegaba a digerir: estaban ante un concertino de toreo a la alta escuela en una tarde en la que Octavio García El Payo había realizado ya en el segundo de la tarde una faena abiertamente morantista como quien rinde homenaje al primer espada que sonríe en el burladero. Ya en el ruedo, en su toro y en plena novela, Morante se pasaba la muleta a la mano izquierda como quien remata un párrafo perfecto sabiendo que escribe en un mundo donde los mortales distraídos con sus teléfonos, los militantes de protesta y los protestantes de otras culturas en realidad no entienden que no entienden: aquí está un hombre vestido de un azul que parece obispo con oros en filigranas que rompían con los tradicionales alamares, de medias largas de agujeta y flecha ascendente, el cante hasta en el peinado y el guiño de un kikirikí en blanco y negro; aquí un pase de pecho que rompe con la ya aburrida horizontalidad del mundo, pasándose la vida entera por la faja hasta desahogar por arriba y encima del hombro. Callar al mundo y cuadrarse, y sin importar los posibles defectos de la estocada, despedir de esta realidad a un animal que fue creado para precisamente para lidiarse y morir a estoque en medio de un vendaval de nuestros tiempos enrevesados donde los enemigos de la ópera han de denostar toda aria como gritos sin sentido y abandonar los teatros por preferir las cintas grabadas en fibras ópticas y olvidarse del cine en sepia pues fardan más las guerras de las galaxias como en parque de diversiones con comida chatarra y una cada vez más generalizada ignorancia que alimenta a la ignorancia misma.

Se abarata la Plaza México con la quejosa media entrada de apenitas que conformaban los afortunados testigos de una faena intemporal; abaratamiento que contrastará con el llenazo que se espera el próximo 31 en cuanto vuelva a la luz vestido de luces Su Majestad José Tomás para que los tendidos del morbo y del mundo se llenen hasta el reloj con entradas cuyos precios de reventa garantizan que los verdaderos aficionados hemos de quedarnos con el eco, con la larga distancia donde de vez en cuando se ve volar a lo lejos a un artista entre nubes, un gitano que no ha perdido el duende con el que embelesó a la Maestranza aquella tarde que vestía de grana y oro y los guardias impidieron que lo lleváramos en hombros hasta la Puebla, todos nosotros improvisados capitalistas, costaleros de su paso, que ya viejos y de lejos jaleábamos en la madrugada de España una insinuación al óleo en cuanto Morante desplegaba su capote, un brochazo de acuarela y el relámpago de un trincherazo bien dado, como para helar toda opinión sesuda y cada respiración atónita. Una locura trasatlántica de un arte que día con día vive el peligro de su extinción, sabiendo que quizá llegará muy pronto la tarde en que haya que intentar poner en palabras el milagro de una faena, que irónicamente conjuga en todos sus pases las mejores metáforas para aliviar el tedio y confusión de un mundo que se entretiene en tantas otras cosas.

Blog: Café de Madrid

CURRO GIRÓN Su vida y su grandeza del libro MEMORIA de ARENA por Víctor José López EL VITO

 

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Sus inicios no fueron fáciles, pero sí importantes porque estuvieron

marcados por su carácter.

Cuando Curro Girón toreó su primer becerro en Caracas, César Girón se

preparaba para la alternativa de matador de toros en Barcelona. Curro

se presentó en el Nuevo Circo junto a Rafael, hermano mayor, en el

Festival de los Carteros con Eduardo Antich y Rafael Cavalieri, los dos

novilleros con mayor cartel que había en Venezuela. Venían de torear

en España. Curro, además de cortar dos orejas y un rabo, se llevó el

premio del festejo. Un reloj de oro, cuya esfera estuvo a punto de

desgastar pues pasó toda la noche y madrugada observándola. Aquel

festival fue una catapulta que le lanzó al estrellato. Al día siguiente la

prensa caraqueña sólo hablaba de los Girón: César había cortado un

rabo en Valencia de España y Curro las dos orejas y el rabo en Caracas.

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Aquella presentación de los hermanos Girón en el Nuevo Circo estimuló

a otros empresarios taurinos y los hermanitos Girón se presentaron en la

novillada de la Casa España. Fue su debut como novillero con novillos

criollos, con el español Paco Roldán en el cartel. Roldán también estuvo

en la novillada inicial de César como novillero en Maracay.

El día de su debut como novillero, Curro Girón recibió su bautizo de

sangre. Una cornada grave, que le perforó la pleura. Despertó en el

Hospital de Maracay. Cuenta en su biografía que ese es el día que más

torero se ha sentido en su vida. En “el hule” Curro firmó una novillada

para Valencia. También en esa oportunidad el novillo le pegó una

cornada, que le cercenó la femoral. Le llevaron de urgencia al Hospital

Central donde le atendió en emergencias el doctor Juan Vicente Seijas.

El Negro Seijas, como le llamaban sería más tarde Decano de la

Facultad de Medicina de la Universidad de Carabobo, Presidente del

Concejo Municipal de Valencia y Médico de la Plaza de Toros

Monumental. Los hechos que narramos antes ocurrieron en Arenas de

Valencia, plaza de la que el doctor Seijas fue Médico, junto al doctor

Ignacio Romero, otra eminencia y gran taurino.

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La cornada fue considerada gravísima. Tan grave que cuando César

supo la noticia hizo planes con Fernando Gago para que Curro se fuera

a España. Don Carlos Girón, se plantó en sus trece y le dijo a César que

si no iba Rafael entonces tampoco iría Curro.

La resolución de César fue:

–Mire vale, usted se jodió. Al viejo se le ha metido en la cabeza que el

que va a ser torero es Rafael y que si Rafael no se va a España no viaja

ninguno de los dos. Como usted es un carajito menor de edad olvídese

del asunto porque yo ya tengo suficientes vainas para ponerme a pelear

con el viejo.

 

Cuando el primo César Perdomo Girón se enteró de todo esto le

preguntó a su pariente Carlos Girón qué cuál era el problema, que él se

ocuparía del asunto. Perdomo viajó con los dos a Madrid, costeando el

viaje. Así que el año de 1955 se inició con el viaje a España.

César había sido contratado para torear en Bogotá con Chicuelo II y el

madrileño Dámaso Gómez una corrida de don Benjamín Rocha. El viejo

Girón organizó al viaje a Colombia, odisea que hizo en un viejo camión

hasta Bogotá. Fue la tarde histórica en la Santamaría. Eran días de

turbulencia política entre liberales, conservadores y rojas-pinillistas. La

corrida se celebró en medio de la turbulencia política en un ambiente

muy tenso. César cortó dos orejas, un rabo y una pata. El triunfo de

Girón fue el explosivo para que saltaran luces de bengala en la felicidad

de la ciudad, olvidándose del pulso político que antes del festejo

pronosticaba situaciones de conflicto. Cuenta Curro en su Yo Girón que

al salir de la corrida, felices el padre y los hermanos de César, se

encontraron con que al camión le habían desmontado el motor mientras

ellos estaban en la plaza de toros.

Con el cartel logrado por César y sus triunfos, el de Curro Girón por las

cornadas de Maracay y de Valencia, se celebró un Festival a beneficio

de la Fundación Venezolana contra la Parálisis Infantil. Fue la despedida

de Venezuela de los hermanos Rafael y Curro Girón que no regresarían

a Venezuela sino convertidos en toreros profesionales. Fue la primera

vez que Curro lidió un becerro de casta. Completó el cartel con los

hermanos Girón el histórico Julio Mendoza. Fue Curro el triunfador. Le

cortó las orejas al novillo y se apropió con todo su derecho de los

titulares de la prensa al día siguiente.

Curro Girón vivió su primer tentadero en España, en la Ganadería de

Rodríguez Arce en El Espinar, Provincia de Segovia. La ganadería

estaba representada por el padre de Jumillano, Isidro Ortuño, que era un

buen amigo de César. El tentadero lo hizo en compañía de los

matadores de toros Juanito Bienvenida y Julio Aparicio. Cuenta Curro en

Yo Girón, libro en el que tuve el honor de desarrollar el texto como si fuera el propio matador quien narrara su relato en primera persona, que en aquel su

primer tentadero le pegaron una paliza las becerras y el resultado fue

desastroso. Esto provocó el disgusto e ira en César, además de burlas

de Bienvenida y de Aparicio. La excusa de la falta de experiencia con el

ganado bravo no era justificativo válido. Rafael, su hermano, había

estado muy bien y los mozos de espada, Dionisio Sanz y Juanito Mora,

entre ellos, comentaban primores de Rafael y sentenciaban el fracaso

de Curro.

Dionisio Sanz será más tarde y para toda la vida profesional de Curro

Girón, su Mozo de Espadas.

El 12 de abril de 1955 Curro Girón se presentó en Salamanca cortando

cuatro orejas y un rabo a los novillos de Encina, ganadería de segunda.

Novillada sin picadores. Eduardo Mergal novillero venezolano y su

hermano Rafael completaron el cartel de tres venezolanos. Tarde de

poco público y mucho frío. Curro con un triunfo a toda ley despejó los

aires de la derrota sufrida en el tentadero de Rodríguez Arce. Aquel día

comenzó una temporada sin caballos que lo llevó hasta La Línea de la

Concepción, para su debut con picadores, con novillos de Pareja

Obregón. Cortó cuatro orejas y un rabo superando al torero local

Miguelito Campos y al novillero aragonés El Tano .

Más tarde, su debut en la emblemática Monumental de Barcelona.

Domingo de Resurrección primero de abril de 1956, con novillos de

Bernardino Jiménez. Cuatro orejas y puerta grande. Alternó con el

rejoneador de la Puebla del Rio (Sevilla) Ángel Peralta, el castellonense

Pepe Luis Ramírez y su hermano Rafael Girón que ese día sufrió una

cornada.

Barcelona, plaza importante, plaza emblemática para la torería

venezolana, sería el escenario el 27 de septiembre de 1956 para la

alternativa de Rafael y Curro Girón en la Feria de La Merced. Mucho

cartel el de la terna venezolana. Graderíos a reventar y la Ciudad

Condal con sabor tricolor en bares y tascas taurinas. César, como gran

figura de la fiesta, sería el padrino de sus hermanos Rafael y Curro,

triunfadores en la temporada de novilladas en plazas de España con

destacadas presentaciones en la Monumental.

El toro de la alternativa de Curro Girón, “Chucero” perteneció a la

ganadería de los Hermanos Peralta “Viento Verde”. Curro fue triunfador

de la tarde. Les cortó las orejas a sus dos toros y fue herido por el sexto

de la tarde de un puntazo por el que fue atendido en la enfermería.

Comenzaba a distanciarse Curro Girón, en el escalafón, de su hermano

Rafael, y se acercaba en rango profesional e interés de las empresas al

maestro César. Fernando Gago, su apoderado, aprovechando la estela

dejada en el camino por César consiguió que Rafael y Curro fueran

contratados por la empresa del doctor Carlos Gallece a Lima, a la

Temporada de Acho en Lima para la Feria del Señor de los Milagros de

1956.

Curro Girón repitió en 1958, temporada en la que realizó soberbias

faenas premiadas con cinco orejas y un rabo. Aunque Curro no tuvo

rivales y a la vista fue el triunfador indiscutible, los jueces prefirieron

dejar desierto el Escapulario del Señor de los Milagros. Esta decisión

provocó indignación, como se puede comprobar en las hemerotecas de

los principales diarios de la ciudad virreinal. Volvió Curro en otras

temporadas a Lima. Más tarde, en 1967 fue premiado con el Escapulario

de Oro del Señor de los Milagros. Trofeo que le habían escamoteado en

1956 y que ahora ganaba abiertamente y sin dudas, compitiendo con la

mejor baraja de toreros del mundo: Manuel Benítez “El Cordobés”,

Santiago Martín “El Viti”, Julio Aparicio, Paco Camino, El Pireo, Paquirri

y el valiente Pedrín Benjumea. Cortó orejas en todas sus actuaciones,

entre ellas un rabo, la segunda tarde.

En el 68, cuando repetía como triunfador y figura del toreo reconocido

por los peruanos, compitió con Manolo Martínez, Diego Puerta, Palomo

Linares, Miguel Márquez, Dámaso González y el peruano Daniel

Palomino.

Volvió en los años setenta y la gran Chabuca Grande le rindió un

homenaje, junto a las peñas criollas que le secuestraron, como hemos

señalado, ofreciéndole la gran dama de la canción peruana su

admiración en interpretaciones que se prolongaron hasta el amanecer.

Curro fue un torero grandioso en el Perú, como lo sería en Madrid.

Auténtica figura del toreo como lo fue en España. Su última visita al Perú

fue en la Feria de 1974 cuando alternó con el 27 de octubre con dos

toreros de Sanlúcar de Barrameda, José Martínez “Limeño” y José Luis

Parada. Los toros fueron de la divisa peruana de Salamanca. Le

tocaron en suerte a Girón dos grandes toros, los que aprovechó con

emotiva intensidad. Cortó las orejas y salió a hombros de Acho. Las

peñas “lo secuestraron”, se lo llevaron por el puente dejando atrás la

plaza de Acho de y a un lado el camino de La Alameda. Curro estuvo

por las calles de Lima hasta altas horas de la noche. El diario El

Comercio tituló “Magistral faena de Curro Girón” y su comentario fue: “…

el valor de la maestría y el pundonor de Curro Girón, equilibrado por la

bravura y nobleza de sus toros hizo revivir el sentido de la fiesta brava

en tarde sin sol ayer en Acho… Lima se le ha entregado a los Girón

desde que César se llevó la última pata que cuenta la historia de Acho”.

Para ser reconocido como figura del toreo, dicen los más exigentes, hay

que triunfar en plazas importantes, como lo hemos demostrado con los

números aportados por Arreaza. Ya Curro lo había hecho en Barcelona,

en Madrid y lo hizo en Lima y el 23 de abril de 1958 lo haría en la

Maestranza de Sevilla ante una corrida de Villamarta.

Curro Girón, para quienes dudaron de su grandeza, salió a hombros en

Sevilla aquella tarde abrileña luego que cortó dos orejas, una en cada toro, superando al torero de la Isla de San Fernando, el maestro Rafael

Ortega y al ecijano Jaime Ostos con quien siempre tuvo una enconada y

muy profesional rivalidad, en la que Girón siempre salió triunfador. Ostos

fue herido y Curro lidió tres toros, la del sexto fue la faena de la Feria de

Abril, premiada por la prensa y las peñas, porque el de Villamarta fue un

toro peligrosísimo que Girón sometió con valor y torería.

En Sevilla, para la Feria de Abril de 1959, Curro fue contratado para tres

tardes. Ese era su rango y así se manifestaba su importancia. La última

participación de Curro Girón en la Feria de Abril de Sevilla, fue el año de

  1. Toreó dos tardes y cortó una oreja. En la séptima corrida de Feria,

el 24 de abril de 1964, ante toros de Miura, toreó con Fermín Murillo. Su

última corrida en la Maestranza de Sevilla fue el 26 de abril de 1964,

toros de Clemente Tassara y alternó con Fermín Murillo, Victoriano

Valencia y Andrés Vázquez una corrida de ocho toros. En la lidia de su

último toro, Curro Girón cortó una oreja.

Conquistó en el año 1961 la “Oreja de Plata” de la Feria Taurina de San

Jaime de Valencia (España), por haber cortado siete orejas y un rabo,

en dos actuaciones. El 11 de agosto de 1961, en Manzanares (España),

se lidiaron ocho toros de la ganadería de doña Carmen Ramírez, de

Salamanca, para los matadores Curro, Joaquín Bernadó, Curro Montes

y el venezolano Sergio Díaz que tomaba ese día su alternativa. Curro

Girón, aquella tarde, cortó cuatro orejas y dos rabos en el mismo

escenario que presenció la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, tragedia

que provocó el poema desgarrador de Federico García Lorca.

En la Feria de Pamplona de 1958, Curro Girón fue premiado en tres

corridas con siete orejas y un rabo. Salió a hombros el 8 de julio de

1958; el 10 de julio realizó ¡La Faena de Pamplona! ante un toro de

Garci-Grande; el 12 de julio de 1958 triunfó con ganado de Miura

cortándole las orejas al toro “Naranjero”, que le brindó a la bella joven

Carmen Tuason, “Miss Filipinas”. San Fermín de 1959 tres actuaciones,

seis toros y cinco orejas y un rabo. San Fermín de 1961 Curro Girón

tuvo cuatro actuaciones, lidió ocho toros y cortó diez orejas; 1964, en la

Plaza Monumental de Pamplona (España), Curro Girón tuvo dos

actuaciones, lidió cuatro toros y cortó dos orejas.

Curro Girón ha sido, después de Diego Puerta, el torero que ha cortado

más trofeos en Pamplona: 41 orejas y 2 rabos en 22 presentaciones.

Diego Puerta cortó un total de 43 orejas y 2 rabos en 30 paseíllos.

No existe otro torero venezolano que haya sido tan reconocido en

Colombia, como lo fue Curro Girón. En Medellín le corto las orejas, el

rabo y una pata a un toro “Aguas Vivas” y las dos orejas al otro de su

lote, epopeya del 19 de enero de 1959.

Ese mismo año de 1959 en la Feria de Cali, Curro cortó cuatro orejas y

dos rabos a toros de don Benjamín Rocha. … En 1965, también en Cali,

toros del doctor Ernesto González Caicedo, “Las Mercedes”, cortó

cuatro orejas y un rabo. Santiago Martín “El Viti” y Manuel Cano “El

Pireo”, una oreja cada uno. … El 3 de enero de 1967, en Cali toros de

González Piedrahita, para Paco Camino, Antonio Chenel “Antoñete” y

Curro Girón. Girón, dos orejas a su primer toro y una oreja a su

segundo.

El 1 de abril de 1962, en el Nuevo Circo de Caracas, Curro Girón toreó

un mano a mano con el diestro sevillano Paco Camino, lidiando toros

mexicanos de Santín. Curro Girón tuvo una tarde triunfal al cortar cuatro

orejas. Paco Camino fue muy aplaudido por su voluntad y deseos de

agradar, pero nada pudo hacer con los mansos toros que le tocaron en

suerte. Curro Girón fue sacado a hombros del coso caraqueño.

El 26 de enero de 1964, en el Nuevo Circo de Caracas, torearon los

hermanos Girón, César, Curro y Efraín, una corrida con ganado

mexicano de La Laguna. Fue una tarde apoteósica; cortaron nueve

orejas, dos César, tres Curro y cuatro Efraín. El público asistente los

sacó en hombros por las calles de Caracas.

El 7 de febrero de 1965, se realizó la Corrida de la Prensa Deportiva, en

el Nuevo Circo de Caracas. Torearon los diestros César Faraco, Curro

Girón y Santiago Martín “El Viti”. Curro Girón fue el ganador del premio

“La Pluma de Oro”.

En el año de 1966, Curro Girón volvió a conquistar el premio de “La

Pluma de Oro” en la Corrida de la Prensa de Venezuela. Actuó esa tarde

con Paco Camino y Manuel Cano “El Pireo”.

El 13 de febrero de 1966, en la Maestranza de Maracay (Venezuela), se

lidiaron toros mexicanos de “El Rocío” para los diestros Luis Sánchez

Olivares “Diamante Negro”, quien reaparecía; Curro Girón y Santiago

Martín “El Viti”. Curro Girón al quinto toro de la tarde le cortó las dos

orejas y fue sacado a hombros de la histórica plaza aragüe.a.

En la Feria de San Fermín de 1967, en la Plaza Monumental de

Pamplona (España), Curro Girón tuvo dos actuaciones, lidió cuatro toros

y cortó dos orejas. Esta sería su última actuación en los sanfermines.

El 21 de noviembre de 1967, por realizar la mejor faena de la Feria de

La Virgen de la Chiquinquirá “La Chinita”, en Maracaibo (Venezuela), fue

galardonado con el “Rosario de Oro y Brillantes”.

En la Plaza de Acho en Lima (Perú), el año de 1967 conquistó “El

Escapulario de Oro del Señor de los Milagros” como triunfador

indiscutible de la feria.

En 1968, en la Feria de San Sebastián de San Cristóbal (Venezuela),

lidiando reses de “Torrecillas”, Curro Girón cortó en un mano a mano

con el diestro español Paco Camino, seis orejas. El diestro sevillano no

estuvo bien esa tarde. Ese mismo año, Curro Girón conquistó el trofeo

“La Naranja de Oro”, como triunfador de la feria inaugural de la Plaza

Monumental de Valencia (Venezuela).

El año 1969, conquistó Curro Girón, nuevamente, la “Pluma de Oro” en

la Corrida de la Prensa, la cual se celebraba por primera vez en la Plaza

Monumental de Valencia (Venezuela). Alternó esa tarde con el diestro

español Manuel Benítez “El Cordobés” y el mexicano Manolo Martínez.

Curro Girón toreó por última vez en España, en la Plaza de Toros de

Granada, el 11 de septiembre de 1977, concediéndole la alternativa a su

coterráneo Luis de Aragua, lidiando reses de Salvador Gavira.

Alternaron esa tarde los diestros Agustín Parra “Parrita” (hijo) y Manuel

Ruiz “Manili” quienes fueron los testigos de la ceremonia. El diestro

venezolano Luis de Aragua fue quien le cortó la coleta a Curro Girón en

su despedida.

Curro Girón, cortó su última oreja en la ciudad de Maracaibo

(Venezuela), en el mes de noviembre de 1987.

En su tiempo, logró una de las hazañas más importantes al convertirse

en el matador de toros extranjero con mayor número de presentaciones

en la madrileña Plaza de Las Ventas, lidiando un total de 66 toros en 33

tardes, cortando 22 orejas. El torero portugués Víctor Mendes lo igualó

en la Feria de San Isidro de 1992 y superó en la Feria de San Isidro de

  1. Curro Girón toreó en la Plaza de Toros Monumental de Las

Ventas de Madrid (España), en 14 temporadas. Es el torero venezolano

que más orejas ha cortado en esa plaza un total de 22, seguido muy de

cerca por su hermano César, que cortó 21 orejas en un número menor

de actuaciones, con 28.

Curro Girón salió 5 veces por la Puerta Grande de la Plaza Monumental

de las Ventas de Madrid, los años: 1958, 1959, 1961, 1963 y 1967,

igualando, con ese mismo número de salidas a hombros de esa plaza, a

los diestros Marcial Lalanda, Luis Miguel Dominguín, Antonio Ordóñez,

su hermano César Girón y Pedro Gutiérrez Moya “El Niño de la Capea”.

Toreó cuatro Ferias de Abril de Sevilla. Las temporadas de 1958, 1959,

1960 y 1964. En total toreó 10 tardes y cortó 5 orejas.

A la sombra de su hermano César, el mejor torero venezolano de la

historia, siempre se le exigía a Curro mucha entrega y responsabilidad, y

él dignamente soportó todas las presiones y comparaciones,

dedicándose a realizar su toreo variado, alegre, largo y expresivo que le

valieron ser el número uno del escalafón en España las temporadas de

1959 (81 corridas) y 1961 (74 corridas). Abrió las puertas de las plazas

de toros españolas, siempre tan difíciles para los diestros extranjeros.

Durante varias temporadas superó la suma de actuaciones de su

hermano César, totalizando 629 actuaciones en la Península Ibérica. En

Venezuela, toreó un total de 157 corridas, cortó 153 orejas y 3 rabos.

Estuvo casado con la reina de la belleza de Colombia, Marlene Lozano,

con la que tuvo dos hijos, Marco Antonio y Mónica. Tuvo mucho éxito en

España, hizo fortuna y hasta llegó a comprarse un lujoso Mercedes

Benz y un Jaguar.

Su gran amigo, el maestro mexicano Eloy Cavazos, con quien compartió

cartel muchas tardes, lo ayudó a torear sus últimas corridas en México.

Estaba próximo a conmemorar el 32º aniversario de su alternativa. El 28

de enero de 1988 falleció en el Hospital Universitario de Caracas,

víctima de una afección hepática, a la edad de 49 años. Estaba casado

en segundas nupcias con la aragüe.a Clarivel Mora, con quien tuvo una

hija bautizada como Daniela. Este año 2015, se cumplieron 27 años de

su triste partida.